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La nueva era que quedó atravesada por la pandemia y la guerra Rusia-Ucrania

En el corazón de Cupertino, la zona de Silicon Valley se ubican dos de las mejores escuelas públicas de Estados Unidos. Históricamente, los alumnos de las dos instituciones eran hijos de la élite WASP (White Anglo-Saxon Protestant) que domina los puestos gerenciales de las compañías de alta tecnología de California. 

A pesar de eso, se registra la salida de los niños blancos, y hoy esto causa que ocupen a penas un tercio de la matrícula. La causa es simple: los estudiantes asiáticos de segunda generación, sobre todo hijos de chinos e indios, los superan. 

Los padres de los niños blancos prefieren sacarlos de las escuelas, de la cual se sienten desplazados. El argumento es que resultan excesivamente competitivas, sobre todo en materias como ciencias y matemática. “Exigen demasiado a los chicos”, se quejaba una madre que había decidido cambiar a su hijo de escuela, y que defendía la idea de que los chicos también tienen que practicar deportes, salir con amigos, divertirse.

Esta estrategia familiar de preservación de la supremacía blanca en el orden social y económico no es nueva.

En uno de sus famosos libros (Los elegidos: la historia oculta de la admisión y exclusión en Harvard, Yale y Princeton), el sociólogo Jerome Karabel investigó los documentos de ingreso a las universidades de la Ivy League y mostró que, en los años 50, cuando otra “minoría exitosa”, en ese caso la judía, amenazaba con disputar el predominio WASP, el sistema de admisión fue modificado para incluir entrevistas con los aspirantes, que promediaban el mérito académico con una serie de criterios confusos que hacían alusión al compañerismo, el liderazgo y la masculinidad, en los que por supuesto los judíos salían perdiendo. Igual que ahora con los asiáticos, cuando la elite blanca empezaba a perder decidía cambiar las reglas.

La tendencia funciona como metáfora del sistema económico mundial, sistema al que Estados Unidos, consciente de que ya no le sirve, se dedica a desmantelar pieza por pieza. 

Aunque las primeras insinuaciones habían comenzado durante la presidencia de Barack Obama, fue Donald Trump quien mejor entendió que el mundo que Washington había creado desde los 90 había dejado de ser funcional a sus intereses y que había llegado el momento de modificarlo de raíz. Contribuyeron a ello transformaciones activadas por la técnica, como el hecho de que Estados Unidos pasara en pocos años de ser un importador a un exportador neto de hidrocarburos, reduciendo su dependencia energética y permitiéndole retirarse de zonas en otra época cruciales para su supervivencia, como Medio Oriente. 

Sin embargo, el gran cambio fue la orientación estratégica: la gran contribución de Trump, su aporte definitivo a la política estadounidense del siglo XXI, fue ubicar a China como el gran contendiente de Estados Unidos, y convencer al establishment, incluyendo al demócrata, de que el futuro del país depende de su capacidad para contener al nuevo adversario en ascenso.

Así, Estados Unidos re-negoció el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado por Bill Clinton en el cenit del impulso aperturista, por el T-MEC; abandonó las negociaciones por el Tratado Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), estableció aranceles al acero y al aluminio, forzó a las empresas estadounidenses a repatriar inversiones e inició una guerra comercial con China que aún no ha concluido.

En medio de todo eso, dos eventos que tuvieron repercusión mundial aceleraron este proceso desglobalizador.

El primero es la pandemia. Al apagar la economía mundial casi de un día para el otro, la pandemia interrumpió los flujos comerciales, puso en jaque los modelos de gestión just-in-time y enloqueció las cadenas de suministros, que se dislocaron para siempre. Y, más importante aun, demostró con la fuerza de los hechos consumados que en el siglo XXI la soberanía no pasa solo por los tanques y los misiles sino también por el control de los recursos y una industria nacional que garantice cierta autosuficiencia. 

En los momentos más duros del Covid, Argentina no sufrió la falta de respiradores que atormentó a otros países de América Latina simplemente porque disponía de dos fábricas especializadas dentro de sus fronteras (se trata de una tecnología del siglo XX, es decir de la época en que la industria nacional todavía brillaba). 

En suma, la pandemia demostró que una industria nacional potente, al igual que un complejo de ciencia y tecnología dinámico, constituyen herramientas decisivas para enfrentar los desafíos de un mundo en permanente transformación. Y obliga a revisar viejas ideas: las economías abiertas y globalizadas sufrieron el shock de la crisis en mayor medida que aquellas más protegidas y volcadas al mercado interno.

El segundo evento acelerador es la guerra de Ucrania. En el corto plazo, porque se redujo el comercio internacional con estos países, que no son menores. 

Rusia es la principal potencia energética de Europa, alberga algunas de las minas metalíferas más importantes del planeta y es un gran exportador de alimentos (el primer exportador de trigo del mundo, por ejemplo). 

Ucrania también es un gran productor de alimentos; por su territorio, además, pasan los gasoductos y oleoductos que abastecen a Europa. 

Si en el corto plazo la guerra acelera el proceso de disolución de los mercados mundiales, la decisión de miles de empresas occidentales de desinvertir en Rusia y las sanciones impuestas por Occidente tienden a desconectar progresivamente al país de la economía global: algunos bancos rusos fueron excluidos de la SWIFT, el rublo ha sido desterrado de las transacciones internacionales y la última Batman no pudo ser estrenada en Rusia por decisión de la Warner.

Esto, a su vez, afecta al dólar. Las sanciones contra Rusia incluyeron la inmovilización de 300.000 millones de dólares de reservas depositados en el extranjero, como en su momento ocurrió con Irán, Siria y Afganistán, que desde el regreso del Talibán al poder busca recuperar 9.400 millones de dólares depositados en la Reserva Federal de Estados Unidos, y con Venezuela, que aún no pudo repatriar el oro retenido en el Banco Central de Inglaterra. 

El efecto paradójico es que esto está produciendo una revisión de las estrategias de acumulación de reservas y resguardo de valor de los países no occidentales que profundiza la tendencia a la des-dolarización de la economía global: la participación del dólar en las transacciones internacionales pasó del 60,2% al 46,7% entre 2014 y 2020.

Como señaló Ignacio Ramonet, una de las consecuencias de este nuevo escenario es la creciente dependencia de Rusia respecto de China, que adquiere una capacidad hegemónica sobre ese país. No deja de resultar significativo que Putin ordenara la invasión a Ucrania después de una reunión con Xi Jinping y una vez que finalizaron los Juegos Olímpicos de Invierno, la gran apuesta de propaganda china para la era pos-Covid.

China avanza en una novedosa unidad que permite coordinar las sanciones y revitaliza la OTAN, lo cual traspasa diferencias entre las posiciones más rígidas de los países anglosajones y las más contemporizadoras de Francia y Alemania. Todo esto, mientras Rusia descansa más en el bando occidental.

Incluso Turquía, atlantista semi-díscola que venía coqueteando con Moscú, participó del envío de armas a Ucrania y cerró el paso del Bósforo y de los Dardanelos a los barcos de guerra rusos. 

La imagen de dos bloques enfrentados (el marco comprensible de una nueva Guerra Fría) resulta tentadora; pero es engañosa. Que el orden liberal nacido de la caída del Muro de Berlín se esté desintegrando no significa que vaya a ser reemplazado por un conflicto como el del siglo pasado. 

A diferencia de lo que ocurrió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las economías de las órbitas americana y soviética funcionaban en paralelo, hoy la interdependencia de China (y en general de Asia) con el mundo occidental es total. De hecho, los principales socios comerciales de China son justamente sus adversarios geopolíticos: Japón, Estados Unidos, la Unión Europea y Taiwán. 

En una mirada general, China es hoy el primer socio comercial del 70% de los países del mundo: sancionarla, aislarla o desprenderla es sencillamente imposible.

Pero esto no quiere decir que no haya un trasfondo político-ideológico detrás de la guerra en Ucrania y del conflicto más general entre China y Estados Unidos. En un contexto de declive de la hegemonía estadounidense, asistimos a un regreso de ideas y categorías (nacionalismo y nación, religión y pueblo, guerra cultural y valores) que la ilusión de un orden liberal eterno parecía haber superado. Son ejemplos de este nuevo clima de época el hinduismo anti-musulmán de Narendra Modi, el giro islamista de Recep Tayyip Erdogan, coronado con la reconversión de Santa Sofía en mezquita, la impronta evangélica de la derecha bolsonarista y de las extremas derechas centroamericanas, y el nacionalismo blanco, también de fuerte apelación religiosa, de Donald Trump, que ve en Putin más un aliado para su guerra contra el multiculturalismo que un enemigo, a punto tal que Tucker Carlson, presentador estrella de Fox News, sigue defendiendo a Rusia en el noticiero de mayor rating de la televisión norteamericana.

Como escribió el periodista Jeremy Cliffe en The New Statesman, es necesario poner a la guerra en el contexto de un regreso del nacionalismo del viejo estilo y de la idea de Samuel Huntington de un choque de civilizaciones.

Recordemos que uno de los ejes del conflicto entre Ucrania y Rusia fue la ley, que comenzó a aplicarse poco después de la llegada de Volodimir Zelenski al poder, que prohíbe utilizar el ruso en los documentos oficiales, la industria del espectáculo y la vía pública. Pero no obliga a hacer lo mismo si el idioma original es inglés o francés. 

En resumen, la pandemia y la guerra en Ucrania le dieron fin a la etapa de globalización abierta en los 90. Toda una era se está desmoronando delante de nuestros ojos, una situación en muchos aspectos similar a la de 1914, cuando otro conflicto armado, el que empezó con el asesinato del archiduque Francisco Fernando, terminó con la etapa de la primera globalización. Obsesionado con la lengua, la religión y los territorios, Putin parece por momentos un líder de otro siglo.

La pregunta es si eso lo convierte en un cavernícola trasnochado o en alguien que entendió hacia dónde sopla el viento.

Télam – Agencia Nacional de Noticias Domingo 24 Abril 2022 Capital Federal — º Newsletter

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